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por Margarito Cuéllar
¿Cómo sientes el panorama de la poesía latinoamericana actual, me refiero tomando como base a tu generación? Sería absolutamente presuntuoso si es que no insensato de mi parte pretender estar en condiciones de abarcar en su totalidad, como para poder juzgarlo, el vasto panorama de tanto como se está produciendo a manera de poesía en nuestra Latinoamérica. ¡Si es que ya uno ni puede siquiera visualizar completamente la de su propio país! Al mismo tiempo, y no sólo en estas lides, especialmente hablando de poesía, siempre me ha resultado imposible encararla en abstracto, como entelequia, a grandes rasgos. Es más, en gran medida no creo que exista la Poesía así con mayúsculas, como ente, digamos como idea platónica. Siento que sería mucho más completo y fecundo si consideráramos por ejemplo ni siquiera un poeta, sino un solo poema. Y hasta una sola línea. De eso podríamos hablar sin perdernos en generalizaciones o sentimentalismos. Después de todo, me temo, es en las líneas concretas, en las palabras del texto, donde se sigue jugando, creo, que haya o no poesía.
¿Cómo te vinculaste con la literatura mexicana? ¿Qué impresión tienes de ella? ¿Y cómo hubiera podido no vincularme, cómo hubiera podido (como me ocurrió ya desde adolescente) intentar considerarme latinoamericano sin haber conocido lo que se ha escrito en México? Desde muy joven también tuve la suerte de ser fraternalmente acogido en legendarias publicaciones de aquí. Recuerdo la Revista de la UNAM, El Corno Emplumado, la Revista Mexicana de Literatura, la de Thelma Nava... Y esa generosidad se ha ido acentuando siempre generosamente en los últimos años. En tal medida que, como suelo decir siempre, y no sólo aquí, para mí es una inmensa alegría y un muy alto honor ser leído en México.
¿Qué imágenes pasaban por tu cabeza mientras traducías a Lêdo Ivo? Traducir poesía resultó siempre para mí, y sin habérmelo propuesto, casi como una operación alquímica. De algún modo, para nada apenas racional, uno debe dejarse convertir en el otro, ser el otro, hacer realidad palpable y concreta aquel “Yo es Otro” con que el indeleble Rimbaud nos iluminó siendo casi un niño al escribir su célebre Carta del Vidente. (Que él no llamó así, y cuya mayor grandeza es precisamente la de no ser apenas un texto literario, sino la espontánea carta de un estudiante singular a un profesor no menos singular, monsieur Demeny). De modo que no tenía imágenes cuando me entregué a traducir a Lêdo. Es decir, no tenía otras imágenes que las palpables y concretas encarnadas en la lengua de Lêdo Ivo que yo debía dejar fluir a través mío, por mi propia lengua.
Has incursionado en la poesía, la narrativa, la traducción y el ensayo, ¿en qué género sufres más, gozas más, te mueves como pez en el agua? La poesía siempre me ha colmado a la vez de fraternidad y de exigencia, de dolores de parto y de goces momentáneos, pasajeros pero, al mismo tiempo, capaces de reiteración. Y me refiero a la poesía en todas sus formas, a la poesía que no es apenas un género literario sino, como bien dijo Tristzan Tzara, “una manera de vivir”. A la poesía, que no se acota en su escritura o en su traducción, sino que fluye también en toda prosa que no sea prosaica, menor, banal, opaca.
¿Los escritores salvan el idioma o lo contaminan? Una y otra cosa. Y casi nunca voluntariamente. A veces incluso lo salvan al contaminarlo. De todos modos que quede bien claro que no creo de ninguna manera en un poder peculiar o superior de los escribas sino que, por el contrario, como no me canso de decir, la lengua viva sólo puede venir de abajo, del humus mismo de la vida, orgánica, seminal. Y es más, me parece del todo evidente que nunca hubo una gran poesía, por más supuestamente elitista, cultivada o cortesana que pareciese, que no estuviese ineludible y hasta secretamente unida, por oscuros meandros, con una gran lengua viva hablada por un pueblo, por una comunidad.
¿No te parece que hay mucha violencia en el mundo, qué papel juega la poesía ante esto? De nada le sirve a un humillado, a un torturado, a un saqueado, que hoy algún poeta lo denuncie, lo convierta en tema. Pero, y misteriosamente al mismo tiempo, esas palabras contagiosas y vivas, vivas y solitarias, solitarias y solidarias, son la evidencia indestructible de que la violencia no perdurará. La poesía, como bien dijo Baudelaire, “se hace negación de la iniquidad”.
¿Los lectores de poesía se vuelven cada vez más invisibles? ¿Y es que acaso no lo fueron siempre? La poesía no necesita que se compre su último modelo: una línea indeleble de poesía viva en la memoria es suficiente para toda la vida. La poesía es inútil para la sociedad de mercado, para la sociedad del espectáculo.
¿Qué pensabas hacer en Monterrey? Conocer lo mejor posible a Monterrey, seguir conociendo a mi México lindo y querido. Al México legendario y central para nuestra identidad latinoamericana, que me iluminó desde niño con Juan Rulfo y con Sor Juana, pero también con Emiliano Zapata y los auténticos héroes legítimamente populares de la Revolución Mexicana, espontáneamente surgidos bien de abajo, como iba a ocurrir con los milicianos de la República Española. Ambas gestas constituyeron desde muy temprano mi más íntima mitología. Que se encarnó definitivamente a través de ese gesto indeleble (y poético) con que el pueblo mexicano, por medio de su legendario Presidente Lázaro Cárdenas, ofreció siempre ejemplar solidaridad y fraternal asilo a los exiliados antifranquistas.
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